miércoles, 30 de octubre de 2019

Recuerdos de Fés, Marruecos.


En Fes, fuí al hammam, y desde entonces no lo puedo olvidar. esta idea de que todas las tardes las mujeres van al hammam, el baño público, a lavarse y perfumarse, me parece la poesía más grande del mundo, porque en medio del desierto, en medio de la mugre, la basura, el polvo de la calle, las moscas, la tierra volando por todos lados, cada día al atardecer...las mujeres van a lavarse.

Cada tarde al verlas, sentía que lo que veía era una metáfora del orden restaurado. ni siquiera una metáfora, en realidad un acto tangible. sólido, tradicional, bello. En el que la energía femenina volvía a la fuente, volvía a nutrirse, volvía a restaurarse y salía renovada, radiante, hermosa.

En algún sentido empecé a sentir yo misma esa necesidad, de honrar la energía femenina en mí misma y de darme un ritual similar, estar en contacto con mi cuerpo y las sensaciones que otorga, sensaciones táctiles y olfativas, conectar  y recordar lo que es bello y bueno, lo que es natural, lo que es hermoso y que se da pacientemente sin pedir nada, que se abre y se entrega sin pedir nada, lo que está conectado a la abundacia de la tierra, eso que está conectado a lo bueno y simple de la tierra. Pregunté en mi mal francés a unas mujeres jóvenes en la Medina dónde era que las Marroquíes compraban sus jabones y perfumes y me llevaron a una farmacia que me recordó a los locales de herbolaria en México, con montículos de hierbas, flores, raíces, a la par de toda clase de botes, frascos, empaques. La dependienta hablaba perfecto español, y siguiendo su consejo, entre otras cosas compré una crema y un agua de rosas en estos empaques que parecen hechos para adolescentes, pero no me importó porque sólo quería llevarme un recuerdo fragante de vuelta que no me quitaran en el aereopuerto al regresar a francia. Las rosas y las flores de azhar son al parecer el símbolo máximo de lo femenino en marruecos. Salgo de ahí embriagada de esos olores que en México no me habían interesado nunca. Y pienso que son lo más simple del mundo y lo más bello del mundo, lo más crudamente femenino, con la potencia de lo que es verdadero y que casi no está alterado por la mano del hombre. Empiezo a llorar de regreso al hotel, porque me siento como una de esas odaliscas en el calor del desierto que sólo quiere purificarse lo suficiente, que sólo quiere conectar con lo divino, con la fuente de todos lo secretos, de todas las virtudes, de toda la belleza y la armonía del mundo.

Desde que volví a México he estado tratando de no olvidar estas cosas que sólo descubres sobre ti misma cuando pasas tanto tiempo en otra cultura, en otro idioma, en otro lugar, estas cosas que son rituales femeninos mecánicos que quizá en realidad nunca había comprendido del todo, porque no había visto su centro su raíz, su fuente, hasta ahora.



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In Fes, I went to the hammam, and since then I can't forget it. This idea that every afternoon women go to the hammam, the public toilet, to wash and perfume themselves, I think the greatest poetry in the world, because in the middle of the desert, in the middle of the dirt, the garbage, the dust of the street, the flies, the dust flying everywhere, every day at sunset ... the women are going to wash themselves.

Every afternoon when I saw them, I felt that what I saw was a metaphor of restored order. not even a metaphor, really a tangible act. Solid, traditional, beautiful. In which the feminine energy returned to the source, was nourished again, restored again and left renewed, radiant, beautiful.

In some sense I began to feel that need myself, to honor the feminine energy in myself and to give myself a similar ritual, to be in contact with my body and the sensations it grants, tactile and olfactory sensations, to connect and remember what is beautiful and good, what is natural, what is precious and that is given patiently without asking for anything, that opens and delivers without asking for anything, what is connected to the abundance of the earth, that which is connected to the simplicity and good from earth. I asked in my bad French to some young women in the Medina where was the place in which Moroccan woman bought their soaps and perfumes and they took me to a pharmacy that reminded me of the herbalist stores in Mexico. The saleswoman spokes in perfect Spanish, and following her advice, among other things I bought a cream and a rose water in these packages that seem made for teenagers, but I didn't care because I just wanted to take a fragrant souvenir back that would not be taken from me in the in the airport when I returned to France.


The saleswoman spoke perfect Spanish, and following her advice, among other things I bought a cream and a rose water. The roses and the flowers of azhar are apparently the maximum symbol of the feminine in Morocco. I get out of there drunk with those smells that had never interested me in Mexico. And I think they are the simplest in the world and the most beautiful in the world, the most crudely feminine, with the power of what is true and that is almost unaltered by the hand of man. I want to cry and cry back to the hotel, because I feel like one of those odalischs in the desert heat that just wants to purify itself enough, that just wants to connect with the divine, with the source of all secrets, of all virtues, of all the beauty and harmony of the world.

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